Project Description

Cinco al pastor y un Boing de mango

Paula Navarro

Es viernes, salgo tarde de una cita de trabajo. La calle empedrada está callada y el horizonte limpio. Decido caminar a casa. Me quito los zapatos, mis pies se extienden por el piso para hacer que me mueva, uno detrás del otro, otro detrás de uno. Ando por mitad de la avenida sola. Sola. Mojada la cantera por la lluvia de la tarde, me da un frío que sube de mis plantas a la punta del cabello por la espina dorsal, por mi hígado y riñón.
Se escucha una disonancia alargada. Por encima del hombro, con el rabillo del ojo veo un taxi detenido a mi espalda. Me quito de su paso y pienso que los que conducen taxis son las personas más tristes del mundo. Todos menos mi abuelo, que parecía haber nacido para conducir.

Lo recuerdo llevándome a todos lados cuando vivíamos en Reynosa. No importaba la distancia o la hora, vivía para su taxi y para mi. Por eso cuando lo recuerdo me siento tan triste como los taxistas: se me alarga la cara y quiero desahogarme hasta con las piedras. Tan vacía estoy sin él que me lleno de palabras extrañas y sentimientos razonados.

Era un hombre que con todo y su edad conservaba juventud y fuerza, era guapo como solo un mexicano puede ser, sonriendo con su bigote a medio crecer y sus cejas pobladas. Ojalá tuviera yo unas como las suyas.
Éramos felices en el silencio de la contemplación mutua, como espejos con reflejos exactos en que compartíamos amor y complicidad. Él mi refugio, yo su tesoro.

En invierno íbamos a Querétaro a ver a su familia, y el ritual sagrado era juntarnos todos la primera noche a cenar tacos en un lugar cerca del Estadio Corregidora. No tengo memoria de las charlas familiares o del resto de los días que pasábamos ahí. Simplemente me gustaba ir porque para mi abuelo y para mí los tacos al pastor siempre fueron lo mejor del mundo y en el norte nunca encontramos unos que fueran tan ricos; es más, hasta el Boing de mango sabía distinto, por eso cuando me pregunto a dónde se fue mi felicidad pienso que se la llevó mi abuelo con la cuenta de los tacos y la cuenta de nuestros momentos.

Lo mataron una tarde antes de llegar a recogerme del trabajo. Yo esperaba en la puerta cuando lo vi acercándose por la avenida. Unos tipos que fumaban recargados en la pared de enfrente se abalanzaron contra el coche haciendo que parara, todos iban armados. No logré ni llamar a la policía. Solo me salían el llanto seco y los gritos mudos cuando abrieron la puerta y lo sacaron a golpes. Él dio su mejor pelea, entregó el dinero y las llaves, pero de todos modos le dispararon. Se fueron en el coche y lo dejaron en el piso como a un perro. Corrí para tratar de ayudarlo. Los malditos le perforaron el abdomen, él me decía “ mi niña, mi niña, no te vayas mi niña” y yo lo sostenía contra mi pecho sin saber qué más hacer. Para cuando llegó ayuda, ya era muy tarde. Estaba muerto y yo también.

Lo traje a Querétaro con su gente y lo enterramos a los pies de una bugambilia.
Estuve semanas abrazada al árbol alimentándome de su tierra para ver si me recibía a su lado. Le lloré tanto que las flores perdieron su color por la amargura. Perdí mi empleo, mi casa, mi vida para quedarme a su lado, porque sin él yo ya no tenía un motivo.

Yo ya no tengo un motivo…

Cuando hicieron que me soltara me encerré en el cuarto donde durmió de joven en casa de sus padres. La casa era grande y antigua en el barrio de la Santa Cruz, era septiembre y de la iglesia lanzaban cohetes cuyas explosiones me llevaban de vuelta a Reynosa : me tiraba al suelo hecha un ovillo temiendo por mi vida y presenciando de nuevo los últimos instantes de la de él.

Antes de terminar los días de fiesta tuve que irme a buscar otro sitio donde quedarme porque no soportaba las pesadillas, el aroma intermitente de sus cosas ni su deliberada ausencia…

Y busqué un piso y trabajo y ahora cargo a todas partes con su retrato y los pétalos blancos de la bugambilia. Me quedé tan sola que ni los gatos querían hacerme compañía. Me quedé tan triste que al dejarme quieta pasaba por acompañante de Francisco Cervantes, sentados juntos para cuidar el Museo de la Ciudad.

Mi trabajo consiste en decirle a la gente que se va a morir un día y que es mejor que pague su funeral ahora, porque al momento nadie tiene dinero, nadie ahorra para su entierro, “y se puede mirar en mí”, les digo “ que la muerte no avisa y te de deja sin nada, que ya estoy muerta aunque aquí me vea”. La gente se espanta y la mayoría de las veces me voy igual de vacía que como llegué.

Mientras camino de nuevo por la calle mojada, sorteando autos que pitan desesperados, un olor familiar asalta mi mente. He andado hasta El Pollo Feliz de avenida cimatario. La taquería a donde íbamos con la familia está abierta y vacía.

Entro en el pequeño local arrastrando los pies, me siento al fondo mirando la calle. El mesero se acerca y hace las mismas bromas que recuerdo de cuando veníamos. Pido cinco de pastor con todo y mi Boing de mango. Mientras espero encuentro en el bolsillo del pantalón los antidepresivos que robé a la bisabuela antes de irme de su casa. Me entregan el jugo, inhalo profundamente para olfatear el sabor. Me mojo los labios con el líquido amarillo. Es como la gloria. Cuando me pasan los tacos, humean llenándome la garganta de ácida incomodidad. Me duele el lado izquierdo del pecho. Cierro los ojos, cojo el primer taco. Muerdo. La boca se me llena de carne y me escurre por las comisuras la grasa. Mastico muy lento, haciendo eternos los bocados, evocándolo a él. Cuando el primer taco ha desaparecido saco las pastillas del bote plástico, las formo en el plato y aderezo la comida con ellas. Conforme el plato se vacía me inundo al no dejarme llorar. Con cada trago de jugo como cinco o seis pastillas, no lo sé. Líquidos y sólidos se mezclan en mis cachetes abultados como de ardilla. No trago hasta que he disuelto todo. El dolor se extiende a todo mi cuerpo como si picaran mi corazón con mil agujas, la vista se me nubla pero no importa porque en la calle veo a mi abuelo esperándome recargado en la bugambilia. Antes de terminar el último, el plato cae frente a mi y el envase de vidrio recrea el estruendo de cuando él se fue. Poniéndome de pie veo mi cuerpo desmayado sobre la mesa y a la gente acercándose. Pido la cuenta pero nadie me escucha. Entonces salgo caminando indiferente del lugar. Ahora estamos juntos.

Paula Navarro (2000)

Estudiante universitaria, cursa la Carrera Técnica en Creación Literaria en la ELE.

Su trabajo se centra en la producción poética aunque ha incursionado en otros géneros como el relato.

La naturaleza, la magia y la mujer son ejes comunes en su trabajo poético.